De las aulas al mercado: Como tres compañeros del GESCO han creado un proyecto internacional | Globatik
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De las aulas al mercado: Como tres compañeros del GESCO han creado un proyecto internacional
Lo que más nos marcó no fueron únicamente las herramientas —que, por supuesto, seguimos aplicando cada día— sino la mentalidad. Aprendimos que las marcas sólidas nacen de la coherencia, que la estrategia sin propósito se queda corta y que e
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¿Cómo fue vuestra experiencia en el Máster en Dirección de Marketing y Gestión Comercial y qué aprendisteis que os haya marcado? Nuestra experiencia en el MBA y el Máster en Dirección de Marketing y Gestión Comercial fue mucho más que un proceso académico; fue un punto de inflexión profesional. Llegamos con trayectorias distintas, pero con una misma inquietud: entender cómo construir empresas que conectaran de verdad con las personas. Y en ESIC descubrimos que el marketing no es solo una disciplina, sino una forma de mirar el mundo.
Lo que más nos marcó no fueron únicamente las herramientas —que, por supuesto, seguimos aplicando cada día— sino la mentalidad. Aprendimos que las marcas sólidas nacen de la coherencia, que la estrategia sin propósito se queda corta y que el marketing, cuando se hace bien, es un acto de responsabilidad hacia el mercado y hacia la sociedad.
También nos llevamos algo que hoy es parte del ADN de Globatik: la importancia de trabajar desde la autenticidad. En un entorno donde es fácil copiar, replicar o seguir tendencias, ESIC nos enseñó a construir desde lo propio, desde lo que nos diferencia. Ese aprendizaje ha sido decisivo para liderar nuestro equipo en diferentes países.
nos enseñó que “las empresas que dejan huella son las que se atreven a ser fieles a sí mismas”.
¿Cómo os conocisteis y cómo surgió la idea de crear un proyecto juntos durante el programa? Nos conocimos en la escuela directamente. Cada uno venía de un lugar distinto, con historias diferentes y un puñado de sueños por cumplir. Yo cursaba el Máster en Dirección de Marketing y Gestión Comercial junto a Fredy Perilla, mientras que Nahum Jaime hacía su MBA. Aunque el ambiente en ESIC es profundamente internacional e intercultural, hay algo curioso que ocurre cuando estás lejos de casa: los extranjeros terminamos encontrándonos casi de manera natural.
Entre clases, trabajos en equipo y esas conversaciones que empiezan siendo académicas y terminan siendo personales, descubrimos que compartíamos más que un aula. Teníamos inquietudes parecidas, ambiciones complementarias y una visión común sobre cómo queríamos construir nuestro futuro profesional. Sin darnos cuenta, ahí empezó gran parte de la historia que hoy se llama Globatik.
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La idea de crear un proyecto juntos no nació de un plan formal, sino de la suma de pequeñas coincidencias: una conversación después de clase, una reflexión sobre el mercado latinoamericano, una experiencia en una empresa con condiciones similares, una intuición compartida de que podíamos hacer algo distinto si uníamos fuerzas. ESIC nos dio el espacio, el contexto y el impulso para que esa intuición se convirtiera en una decisión.
Lo que comenzó en un aula, terminó siendo el origen de una empresa que hoy opera en Colombia, México, Perú y España. Y, en retrospectiva, creo que esa es la magia de los lugares que transforman: no solo te enseñan, sino que te conectan con las personas con las que puedes construir algo que trascienda.
¿Cuál fue la chispa o momento clave que convirtió ese proyecto académico en un proyecto real de negocio? En realidad no fue un solo momento, sino la suma de experiencias que, de repente, encajaron como piezas de un rompecabezas. Yo venía de trabajar más de doce años en el sector de la automatización en Colombia, con fabricantes como Schneider Electric, ABB y Rittal. Conocía de primera mano las necesidades, los vacíos y las oportunidades de la industria latinoamericana. Y al llegar a España para continuar mi carrera en una empresa del mismo sector, pude ver el otro lado del mapa: tecnologías, procesos y soluciones que a América pobremente llegaban.
Esa doble perspectiva me permitió entender algo que llevaba años frente a mí: había un puente por construir entre dos mercados que se “desconocían” mutuamente. Fredy y Nahum entraron en escena con la fuerza de sus análisis, sus estudios de mercado y su obsesión por entender la competencia y las dinámicas reales del sector. Ellos pusieron método donde yo tenía experiencia.
Fue entonces cuando lo vimos claro: aquello no era un ejercicio académico más. Había una oportunidad real, tangible y urgente para crear una empresa que conectara soluciones industriales entre continentes y que aportara valor donde otros solo veían distancia o complejidad. Ese fue el momento en el que Globatik dejó de ser un proyecto de clase y se convirtió en un proyecto de vida.
¿Cómo fue el arranque de la empresa y cuáles fueron los principales retos iniciales? El arranque de la empresa fue tan real y tan desafiante como el de muchas historias emprendedoras: “con una mano adelante, la otra atrás” y un capital que apenas alcanzaba para empezar. Todos seguíamos trabajando en nuestras empresas, y con la diferencia horaria de siete y ocho horas con Colombia y México, nuestras jornadas reales empezaban a las cuatro de la tarde y terminaban, muchas veces, pasada la medianoche. Fueron meses intensos, de cansancio acumulado, pero también de una ilusión que nos mantenía en movimiento.
En esa etapa inicial todos hacíamos de todo. Aprendíamos sobre la marcha, nos equivocábamos, corregíamos, volvíamos a intentar. Nos apoyábamos en la información pública disponible de empresas referentes para adaptarla a nuestro modelo y avanzar un poco más cada día. La normatividad en cada país era distinta, los mercados tenían particularidades que solo se entienden viviéndolas, y la distancia geográfica era una limitante evidente, aun así, seguíamos.
Los retos eran los de cualquier empresa joven, pero multiplicados por la distancia y el tiempo: escasez de dinero, vender, construir una marca creíble, entender mercados que no perdonan la improvisación y, sobre todo, lograr que el tiempo alcanzara para cumplir con nuestras responsabilidades laborales mientras levantábamos un proyecto que apenas empezaba a tomar forma.
Aun así, poco a poco los resultados comenzaron a aparecer. Empezamos a ver qué estrategias tenían más sentido y dónde estaba realmente nuestro valor. Diseñábamos, ejecutábamos, evaluábamos y volvíamos a ejecutar. Y en ese ciclo constante de aprendizaje y ajuste, la empresa dejó de ser un experimento nocturno para convertirse en una realidad con futuro.
A medida que la empresa crecía, ¿qué decisiones estratégicas consideráis que fueron determinantes para llegar a operar en varios países? Entendimos que si queríamos construir algo sólido teníamos que pensar más allá de un solo país. Nuestra operación nació en Colombia, y allí se formaron los primeros pilares: el modelo comercial, la propuesta de valor y el conocimiento del mercado industrial. Pero desde el principio vimos que muchas de las necesidades que estábamos resolviendo en Colombia eran prácticamente idénticas en México y Perú. La cultura, la forma de hacer negocios tenían una similitud que no podíamos ignorar.
Esa fue una de las decisiones estratégicas más importantes: reconocer que nuestro modelo era replicable y que podíamos trasladarlo a otros países sin perder esencia. No se trataba de “abrir mercados” por ambición, sino de acompañar una demanda real que ya existía. México y Perú compartían con Colombia una brecha evidente entre lo que la industria necesitaba y lo que realmente estaba recibiendo. Y nosotros ya teníamos un camino recorrido que podía aportar valor inmediato.
Otra decisión clave fue mantener una estructura flexible y ligera. En lugar de intentar replicar modelos tradicionales de expansión, optamos por construir redes locales, alianzas estratégicas y operaciones adaptadas a cada país. Eso nos permitió avanzar rápido y ajustar sin que el crecimiento se volviera una carga.
Finalmente, hubo un elemento determinante: la convicción de que Latinoamérica no es un conjunto de mercados aislados, sino un ecosistema conectado por cultura, desafíos y oportunidades comunes. Entender eso nos permitió diseñar una estrategia regional desde el inicio, en lugar de pensar país por país. Y esa visión es la que hoy nos permite operar en varios territorios con coherencia, propósito y una propuesta de valor que se adapta sin perder identidad.
¿Qué papel jugaron las conexiones, el networking y la formación en ESIC en vuestro camino emprendedor? Fueron un acelerador natural de nuestro camino emprendedor. Desde el primer día entendimos que ESIC no es solo una escuela, sino un ecosistema donde las ideas se cruzan, las experiencias se comparten y las oportunidades aparecen en los pasillos, en los trabajos en grupo y terminan cambiando tu trayectoria.
El networking jugó un papel decisivo. No solo porque nos permitió conocer a profesionales de distintos países y sectores, sino porque nos enseñó a mirar el mercado desde perspectivas que no habríamos descubierto solos. Las conexiones que hicimos allí —con compañeros, profesores y directivos— nos dieron acceso a conocimiento, metodologías y realidades empresariales que luego se convirtieron en piezas clave de nuestro proyecto.
La formación también fue determinante. ESIC nos dio estructura, criterio y una visión estratégica que nos permitió transformar intuiciones en decisiones y estas a su vez en modelos de negocio. Nos enseñó a validar, a analizar, a cuestionar y a construir con rigor. Y, sobre todo, nos enseñó que el marketing y la gestión comercial no son departamentos, sino formas de entender cómo se crea valor.
En nuestro caso, la mezcla de networking y formación fue el punto de partida para algo más grande. Sin esas conexiones, sin ese entorno multicultural y sin esa mentalidad de apertura, probablemente nunca habríamos unido nuestras experiencias para crear una empresa que hoy opera en varios países.
¿Qué aprendizajes clave os gustaría compartir con otros Alumni o con estudiantes actuales que sueñan con emprender? Si hay algo que hemos aprendido en este camino es que emprender no empieza con una idea brillante, sino con la capacidad de identificar una oportunidad real y analizarla con rigor. Antes de lanzarte, necesitas entender si el problema existe, si el mercado lo reconoce y si tú puedes resolverlo mejor que otros. Ese primer ejercicio de análisis es más importante que el entusiasmo inicial.
Otro aprendizaje clave es la importancia de planificar y medir. No para evitar errores —porque los errores son inevitables— sino para saber dónde te equivocaste y cómo corregir. Emprender es un proceso de iteración constante: pruebas, fallas, ajustas y vuelves a intentar. La resiliencia, la constancia y la paciencia son tan importantes como la estrategia.
También aprendimos que cumplir con la ley no es negociable. En el camino siempre aparecerá alguien que, por envidia o competencia mal entendida, intentará frenarte. Si no tienes tus registros, tu marca y tu documentación en orden, cualquier ataque puede desestabilizarte. A nosotros, por ejemplo, intentaron robarnos la marca. Tener todo en regla fue lo que nos protegió.
Y, quizá lo más valioso: nunca emprendas solo. Haz alianzas, construye relaciones, coopera incluso con la competencia. En este camino, los amigos y los aliados son tan importantes como los clientes. Subir siempre es más fácil cuando lo haces acompañado.
Si tuviera que resumirlo, diría que emprender es una mezcla de visión, disciplina y comunidad. Identificas una oportunidad, la analizas, la ejecutas con método y te rodeas de personas que suman. Lo demás llega con el tiempo.
Una anécdota o experiencia personal que resuma vuestro aprendizaje o que consideréis inspiradora para la comunidad. Si tuviera que elegir una anécdota que resuma nuestro aprendizaje, volvería a una noche cualquiera de esas primeras semanas en las que Globatik apenas era una idea con nombre. Eran casi las doce de la noche en España, todos veníamos de jornadas largas en nuestros trabajos, y aun así estábamos conectados revisando un estudio de mercado que no terminaba de cuadrar. Estábamos cansados, con poco dinero, sin marca, sin clientes y con más dudas que certezas. Pero había algo que sí teníamos: la convicción de que valía la pena seguir.
En medio de esa llamada, mientras ajustábamos cifras y discutíamos hipótesis, nos dimos cuenta de que estábamos aprendiendo a emprender de la forma más real posible: equivocándonos, corrigiendo, volviendo a empezar. Y fue justo en ese momento cuando entendimos que el emprendimiento no es un acto heroico, sino un ejercicio de constancia. Que no se trata de tener todas las respuestas, sino de seguir avanzando incluso cuando no las tienes.
Años después, cuando intentaron robarnos la marca, esa misma convicción nos sostuvo. Ya no éramos tres estudiantes con un proyecto nocturno, sino una empresa que operaba en varios países. Y aun así, la sensación fue la misma: respirar hondo, revisar todo lo que habíamos hecho, apoyarnos en el equipo y seguir adelante. Esa experiencia nos recordó que emprender también es proteger lo que construyes, cumplir la ley y anticiparte.
Si algo nos gustaría transmitir a la comunidad es que el aprendizaje más valioso no vino de un gran éxito ni de un gran fracaso, sino de esos momentos silenciosos en los que nadie te ve, en los que estás cansado, lejos de casa, con poco capital y muchas responsabilidades… y aun así decides continuar. Porque ahí, en esa mezcla de disciplina, propósito y resiliencia, es donde realmente se construyen las empresas que perduran.